Mis tristezas se dan unas vacaciones, mi melancolía se va de luna de miel con la nostalgia.
Este día llueven sueños en la calle de la amargura, y mis demonios se esconden tierra, este día no hay impedimento para poder sentir aquello que llaman felicidad, no existe algo que me impida que se dibuje una sonrisa en mi rostro.
Este día es uno de los o pocos en los cuales mi yo melancólico está descansando, en los cuales no quiere trabajar y prefiere quedarse en casa, prefiere quedarse en mi cama pidiendo otros diez minutos.
Claro que existe un motivo por el cual aquel ser que suele escribir cosas tristes y sin alguna dedicatoria de pronto pareciera que no existe; que se hartó de este mundo y en silencio, sin que nadie lo viera: tomó sus maletas y saltó por la ventana.
Al quedar mi otro yo en el olvido me reencontré con aquella parte de mi que había muerto en la niñez: a la cual le asombraba tanto descubrir algo nuevo, disfrutar de los pequeños detalles de la vida, jugar con el único fin de divertirse, sin importarle el ganar o perder, que no le importaba si fracasaba; él sólo quería intentar las cosas y ver qué resultaba, el que siempre sonreía ante cualquier adversidad y no le importaba nada más que intentar ser feliz.
Aquella parte sin miedo hoy salió del umbral, de las sombras y me saludó, estrecho mi mano con la suya y le brotaron lágrimas de felicidad al abrazarle y decirme lo mucho que me extrañaba.
Hace tanto tiempo que no me sentía así, y por eso hoy quiero agradecerte; quiero darte las gracias por estar junto a mi cuando más lo he necesitado, por tomarme la mano en mis momentos de nostalgia, por ser mi compañera, mi amiga, mi inspiración, mi todo.
Gracias por hacer que ese niño dentro de mi volviera a sonreír, a encontrarle sentido a la vida, a apreciar el valor de las persona, a confiar en ellas, pero sobre todo por darle unas necesarias vacaciones a mis tristezas.
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